Tiene 16 años, pero aparenta 12. Cuando juega al ajedrez no puede estar sentado mucho tiempo. Se levanta de la silla, va de un lado a otro, observa con curiosidad otras partidas. Si su rival tarda mucho en mover pieza, es capaz de irse a la calle a darle patadas a un balón. Ya lo hizo en un torneo. Pero ahora está jugando en Linares, el Wimbledon del ajedrez. Y hay que comportarse. Parece formalito. Solo hay que verlo pasear por las calles de la ciudad jienense. Otros chavales de su edad lucen orejas perforadas, le tiran los tejos a sus compis, hacen caballitos con la moto… Él tiene pinta de monaguillo en bermudas. Abstraído, aguanta estoicamente la sesión fotográfica durante… dos minutos. Pone cara de aburrirse y se marcha por las buenas. Cruza por un paso de cebra corriendo como alma que lleva el diablo. Da un salto hasta alcanzar la acera y encesta un folleto arrugado en una papelera. ¡Canasta! Sonríe travieso. Es un adolescente, pero tiene cosas de crío.
Se llama Magnus Carlsen y es un genio. Lo han bautizado el Mozart del ajedrez y lo comparan con el más grande de todos los tiempos: el norteamericano Bobby Fischer, otro niño prodigio que acaba de cumplir 64 años y vive exiliado en Islandia, huraño, desquiciado y presa de rabietas infantiles. Carlsen, noruego, causa tanta expectación que lo patrocina Microsoft y en México, donde se disputó la primera ronda del torneo de Linares, le pusieron un guardaespaldas porque lo asaltaban multitudes para pedirle autógrafos. Allí se vive el ajedrez con la pasión del fútbol. Una decena de periodistas mexicanos ha llegado a la ciudad andaluza para retransmitir las partidas en directo. En el set de prensa, ubicado en el tercer piso del hotel Aníbal, jalean cada lance ofrecido por el circuito cerrado de televisión como si fuera un gol. Solo les falta empuñar pistolones y disparar al aire. Sobre el escenario, ocho grandes maestros, los mejores del mundo. Cuatro partidas. Silencio sepulcral. Tensión y malas caras. Los ocho ajedrecistas todavía no se han aclimatado al cambio de continente. Sufren jet lag. Tienen ojeras.

“¡Qué diablos hizo Leko!”, se impacienta Arturo Xicotencatl, institución viviente del mundillo ajedrecístico. El ambiente se enrarece. Tablas descaradas del gran maestro húngaro en 21 jugadas. Entre los organizadores se respira cierta frustración. Las partidas del torneo más prestigioso del mundo se están desarrollando sin apenas combate. “¡Órale! ¡Sean gallardos!”, claman los mexicanos. Pero los jugadores son profesionales. Juegan 200 partidas al año. Cobran bien. No como una estrella del tenis o el baloncesto, pero pueden vivir desahogadamente. Hay que hacer caja. Y la estrategia generalizada consiste en firmar empates cautelosos, sumar medio puntito por aquí, otro medio por allá, y solo cuando se vislumbra una posición muy ventajosa o un descuido del rival, atacar sin miramientos. El alcalde de Linares plantea que se penalicen las tablas y algunos hablan de multas por falta de combatividad.
Entonces sucede algo maravilloso, algo que corta la respiración de los aficionados y que deja boquiabiertos incluso a los periodistas rusos y sus adustas caras de póquer. Magnus Carlsen, el niño rubio con semblante de aburrimiento, mueve su caballo negro a una casilla inesperada. Y la posición de las piezas se convierte en un enigma digno de la Esfinge. “Nunca en la historia se había jugado semejante posición, ni siquiera en partidas por correspondencia”, comprueba el especialista Leontxo García en su ordenador, donde están cargadas millones de partidas. El niño juega con negras y se supone que tiene bula para blindarse defensivamente. Pero no. Por si fuera poco, sacrifica un peón en la apertura. ¿Un suicidio? “Se le ha ido la olla o es grande, muy grande”, se asombran dos espectadores, Jordi Claudi Serra y Josep Manera, que han llegado desde Figueras, mil kilómetros en coche, solo por verlo jugar. “Otros llevan analistas, médico y hasta cocinero. Él va con lo puesto. Hoy por hoy, es el único capaz de ganarle a los superordenadores”. Y salen de la sala a fumar un pitillo para mitigar la excitación de ver a Carlsen haciendo historia en un juego que se practica desde el siglo VI. Su contrincante, el ruso Alexander Morozevich, se remueve inquieto en su silla. No sabe a qué atenerse. ¿Es una trampa? ¿Una broma? El condenado crío ya le ha ganado una vez. Al final, Morozevich olfatea el peligro y buscará las tablas con descaro, como un boxeador que atrapa los brazos del contrincante abrazándose a él. A Carlsen no le cambia la cara, no parece consciente del vendaval de aire fresco en una atmósfera viciada que significa su juego desenfadado y letal.


Sus padres sí que son conscientes. Vendieron el coche, hicieron las maletas y pusieron su vivienda en alquiler para poder costearse los viajes, de torneo en torneo. Un año sabático, con visitas a museos. “Hubo incluso demasiada cultura para mi gusto. Pero cuando me cansaba, tenía la excusa de entrenar para poder escabullirme”, cuenta Carlsen. Así, mientras sus padres y sus tres hermanas se daban un garbeo por el Louvre, el joven talento se escapaba a un cibercafé para jugar partidas rápidas por internet. Era el año 2003 y dejó de asistir al colegio. Hubo una enorme polémica en Noruega con esta decisión. “Realmente no eché de menos la escuela. No aprendo demasiado, es más efectivo cuando mis padres me enseñan. Me siento poco estimulado por estar la mayor parte del tiempo esperando”, explica.
Con catorce años le ganó al ex campeón mundial Anatoly Karpov en una competición de partidas rápidas. Luego le dio un repaso a Kasparov, que logró in extremis forzar unas tablas. Espoleado por el descaro de aquel monicaco, el Ogro de Bakú le retó a una segunda partida y esta vez le aplastó. “He jugado como un niño”, se lamentó Carlsen. Ahora, en Linares, se ha consagrado: lideró la prueba durante nueve rondas y solo acabó segundo por detrás del indio Viswanathan Anand, que se aprovechó de su inexperiencia y luego fue sumando tablas y más tablas hasta finiquitar el torneo sin aportar nada extraordinario, pero embolsándose los 100.000 euros del premio. Para encontrar hazañas similares hay que remontarse a Fischer, campeón de Estados Unidos a los 14 años, en 1957, pero sus rivales no eran tan fuertes como los de Carlsen.
La comparación es incómoda. Fischer perdió el norte hace tiempo. Tiene manía persecutoria y es un antisemita recalcitrante. “Los judíos se han inventado el Holocausto y utilizan sangre de niños en rituales de magia negra”, dice. Y se queda tan ancho. También es capaz de brindar por la salud de Ben Laden o de arremeter contra el deporte que le dio fama: “El ajedrez es una paja mental y Kasparov, un antiguo espía del KGB que nunca ha jugado una partida que no estuviera amañada”. Fischer es un ángel caído. También fue comparado con Mozart por su precocidad, al igual que Carlsen, pero incubó desde su adolescencia un profundo complejo de inferioridad. Fuera del tablero, sus lagunas culturales eran palmarias. Vestía como un leñador de Dakota: camisa de franela y gorro con orejeras. Para que no le llamasen paleto se compró 17 trajes y los iba rotando. Tiene un cociente intelectual de 184 (Einstein tenía 185, la media es 100), pero cosechaba un carro de suspensos. Como Carlsen, también dejó colgados los estudios.

Fischer se forjó en los torneos su leyenda de pirado en un mundo donde las excentricidades están a la orden del día. Se quejaba de que los rivales le desconcentraban con sonidos de alta frecuencia que sólo él y los delfines pueden oír. Pedía fuertes sumas de dinero por competir, pero luego se dejaba fajos de dólares olvidados en la habitaciones de los hoteles. “Los ajedrecistas profesionales le deben a Fischer poder ganarse la vida, pues antes de que llegara él no cobraban, seguían teniendo la consideración de juglares medievales para divertir al rey”, explica Arturo Xicotencatl. Fischer tiene otra manía: nunca coloca el rey en la casilla F4 porque es una variante que estudiaron ajedrecistas judíos. Su gran año es 1972. Se enfrenta al soviético Boris Spassky, campeón del mundo, en Islandia. El duelo se convierte en una escenificación a pequeña escala de la Guerra Fría. A Fischer le da un ataque de ansiedad y quiere bajarse del avión en pleno vuelo porque teme que lo derribe un misil de la URSS. Ya en suelo islandés amenaza con la espantada, pero el presidente Richard Nixon ordena a su secretario de Estado, Henry Kissinger, que lo ponga firme. Y los organizadores suben la bolsa a 250.000 dólares. Acepta jugar. Y gana. Tenía 29 años. De vuelta a los Estados Unidos, el recibimiento es apoteósico… Pero Fischer planta a sus representantes y deja sin firmar contratos publicitarios por valor de cinco millones de dólares. En 1975 la federación le despoja de su título porque se niega a defenderlo. Sufre miedo patológico a perder. Se enrola en una secta apocalíptica. El líder del culto le sacó miles de dólares en donaciones. A cambio, le proporcionó un jet privado y un buen número de siervas dispuestas a abrirse de piernas. Fischer aún era virgen con 32 años. Arruinado, abandona la secta en 1977. Vestía como un mendigo. Se alojaba en moteles infectos. Su paranoia se acentuaba. Sospechaba que espías disfrazados de camareras le envenenaban el café. Como antídoto, ingería píldoras con esencia de serpiente de cascabel. Acude a un dentista para que le arranque todos los empastes. Teme llevar algún micrófono oculto. Sólo en 1992 y acuciado por las deudas abandona su retiro para jugar. El problema es que el duelo se celebró en Yugoslavia, con los Balcanes en guerra, y el régimen de Milosevic estaba aislado por las sanciones de la ONU. Estados Unidos amenaza a Fischer. Si juega, le caerán diez años por violar el embargo. Fischer rompe el telegrama con el ultimátum en presencia de las cámaras. “Esta es mi respuesta”, dice. Y suelta un escupitajo. El presidente Bush (padre) firma una orden de busca y captura. Si el ajedrecista vuelve a pisar suelo americano, será detenido. Recluido en la actualidad en Islandia, que le ofreció pasaporte y asilo para que no fuese encarcelado, se entretiene jugando en internet sin revelar su identidad.
Fischer es un caso extremo, pero las manías, supersticiones y rarezas afectan a casi todos los jugadores de elite sometidos a la tensión de los torneos. En Linares, Kasparov ocultaba entre bastidores una tableta de chocolate de una marca rusa cuyo nombre significa Inspiración, que devoraba en grandes cantidades. Siempre pedía el mismo menú: consomé, salmón, solomillo, tónica y té. Y todos los años exigía la misma almohada y tazas del desayuno. Las personas que llevan una vida tan nómada y estresante se sienten reconfortadas si tienen a su alrededor objetos que resulten familiares y tratan de cumplir con una serie de rutinas. Su número favorito es el 13. Nació el 13 de abril y fue el 13º campeón mundial. Tenía la costumbre de solicitar en los hoteles una habitación cuyo número acabase en esos dígitos de mal agüero. Una petición difícil de satisfacer, pues en muchos establecimientos se saltan este guarismo al numerar las habitaciones.

El ruso Anatoly Karpov tiene otra superstición legendaria: no cambiarse de traje en un torneo mientras no pierda. “Primero, uno tiene que ganarle una partida, y entonces él ya se preocupará de la higiene”, protestó el suizo Víctor Korschnoi, alias El Terrible, que se quejaba de que era un suplicio soportar el juego embrolladísimo y milimétrico de Karpov y sus efluvios corporales durante horas. Otro maniático era Alexander Alekhine, que siempre tenía a su lado a un gato siamés que olisqueaba las piezas. El holandés Jan Timman explica la raíz íntima de estas extravagancias: “Cuando el ajedrez se convierte en tu profesión, pierdes el equilibrio social y te encuentras a merced de todo tipo de factores aleatorios”. Solo así se explica el comportamiento del indio Viswanathan Anand, conocido como El Yogui, que viaja con su esposa a los torneos. Anand suele ser encantador y de trato sencillo, a no ser que la víspera de una partida le insinúen cuál sería su reacción si pierde, como hizo un periodista en Linares. Incapaz de ser descortés, se despidió apresuradamente y luego utilizó a su mujer como embajadora para cortar todo tipo de relación diplomática con el medio en cuestión. “Olvídense de la entrevista”. Por lo menos, Anand no lleva una vida cuasi monástica, como otros ajedrecistas con tendencia a la misoginia. También Boris Gélfand viaja con su novia. El bielorruso vive en una galaxia tan alejada de los mundanales asuntos cotidianos que es ella la que se encarga de ponerle la servilleta, cortarle el bistec y darle la sopa a cucharadas. El ucranio Ivanchuk no le va a la zaga. En Linares llega tarde a todas partes: al desayuno, a la cena, a la partida… Con su analista, el mexicano León Hoyos, convertido en su chico de los recados (va a la farmacia a por pastillas para la garganta y vitaminas), examina la víspera de cada enfrentamiento todas las partidas que ha jugado su rival durante el último año. Menos obsesivo, el armenio Aronian se acerca paseando a una cafetería o lee a Salinger o Camus en su cuarto. “Lo más importante para mí es mantener el equilibrio, la armonía. No soy tan ambicioso como para obsesionarme y procuro cultivar otras parcelas del conocimiento. Los ajedrecistas somos demasiado monotemáticos, gente complicada que tiene cierta propensión a perder la autoconfianza. Para mí, no sería ningún problema abandonar el ajedrez. Probablemente me dedicaría a escribir o a alguna profesión artística”.
De momento, Magnus Carlsen, el nuevo Mozart del ajedrez, parece de lo más sensato a pesar de sus rasgos aniñados. Los aficionados analizan sus movimientos con devoción, igual que los seguidores de Bobby Fischer, el viejo Mozart, siguen rescatando con pasión arqueológica partidas rápidas, partidas que jugó con los ojos vendados, partidas de adolescencia. Y las recitan de memoria, paladeándolas como si fueran partituras de una sonata bellísima.
Fuente: http://reportajes.wordpress.com/2007/04/08/magnus-carlsen-el-nuevo-bobby-fischer/